LOS BERROCALES VETONES DEL REAL SITIO DEL ESCORIAL   1 comment

EL CANTO DE CASTREJÓN

 

El Canto de Castrejón se encuentra en una finca privada del municipio de El Escorial: en Las Radas del Tercio, un Centro Histórico Intramuros del Real Sitio del Escorial. Es un berrocal peculiar y único, situado a unos dos kilómetros del Pueblo Medieval de Navalquejigo, otro Centro Histórico del Real Sitio del Escorial. En las proximidades del Canto de Castrejón se encuentra el Dolmen del Castrejón o Dolmen del Rincón (Edad de Bronce).

El Canto de Castrejón fue un lugar Sacro de los Vetones. No obstante, en tiempos de Felipe II empezó a utilizarse como Otero de Caza, pues tiene una altitud de 929 metros, la más elevada del entorno inmediato. Cuenta con tres inscripciones regias, correspondientes a los reinados de Felipe II, Carlos IV e Isabel II. Los epígrafes de canto Castrejón presentan una grafía, un módulo y una factura acorde con muchas de las oficiales que encontramos en el Real Sitio del Escorial, lo que descarta su origen popular. El primero de los textos, el que está más arriba y el mayor de todos, es sin duda el primigenio de todos, conmemora que el infante Don Felipe III, dio su primer arcabuzazo desde esa peña cuando tenía 10 años. Las otras dos inscripciones son renovaciones hechas por Carlos IV y por Isabel II.

La inscripción correspondiente al reinado de Felipe II, dice: "En 1.588 a 22 de abril tiró a esta peña el primer arcabuzazo el príncipe D. Felipe III de este nombre, siendo de edad de 10 años y 6 días en presencia de la Majestad del Rey N. Sr., su padre, y de la Serma. Infanta Doña Isabel, su hermana". La inscripción intermedia, reza: "En el feliz reinado de Carlos IV se renovó esta inscripción a 17 de mayo de 1.803". Debajo existe otra similar relativa a Isabel II.

A dos metros de estos epígrafes se encuentran dos tramos de escaleras talladas en la roca, uno de ellos culminado en una plataforma natural, mientras que el otro lo hace en lo alto de una superficie trabajada que recrea una serie concatenada de “asientos” excavados e la roca con perfiles rectilíneos.

La cima de este mirador natural da acceso a un somero falso rellano ante el que se articulan dos soluciones practicables, en ambos casos por medio de sendos tramos de peldaños tallados en la roca. Se asciende en dirección a poniente, y desde ambos accesos hay una amplia visibilidad y una hermosa panorámica del Monasterio del Escorial.

Para el arqueólogo Jiménez Guijarro el Canto de Castrejón es una Peña Sacra; es decir, un altar rupestre protohistórico dotado de escalas de acceso. Guijarro no relaciona la existencia de los epígrafes regios con esta función de la roca, si bien indica que la peculiaridad de la misma puede haber condicionado la posterior ejecución de los epígrafes regios.

LA SILLA DE FELIPE II

Mantiene Jiménez Guijarro que la silla de Felipe II, considerada por algunos autores como un altar vetón, no es tal, ya que la existencia de dos altares tan próximos es arqueológicamente inverosímil. La orientación de canto Castrejón, hacia poniente, es más idónea que la de Canto  Gordo (silla de Felipe II). La

situación menos recóndita, nos recuerda que estos altares eran para actos públicos, lo que contrasta con la situación casi inaccesible de la Silla de Felipe II. Esta roca carece de cazoletas y canales de desagüe, cosa que no ocurre con el canto Castrejón.

Sobre la Silla de Felipe II no hay ninguna mención documental hasta la recopilación cartográfica de Francisco Coello (1849). Jiménez Guijarro mantiene que no es más que una recreación arqueológica del sigo XIX.
Pero no es el cometido de este artículo crear una disputa entre piedras, el cometido es, tal vez, reseñar este canto Castrejón, dar fe de su importancia histórica y criticar que no podamos acceder a él para contemplarlo.

LA SILLA DE FELIPE II – Entrevista con la Dra. Alicia M. Canto.

Hace unos años la prensa local y nacional se hizo eco de una sorprendente noticia. Parece ser que lo que todo el mundo llama Silla de Felipe II no era tal, si no más bien un altar de sacrificios de un pueblo prerromano: Los Vetones. Tres años después, otro arqueólogo, Jesús Jiménez Guijarro, llegó a afirmar que la roca de Canto Gordo, otro nombre de la silla, no solo no fue utilizada por Felipe II para vigilar las obras del monasterio, no fue ni visitada por el rey en ningún momento. Afirma este arqueólogo que la verdadera silla de Felipe II sería la roca llamada Canto Castrejón. En mitad de las antiguas fincas Campillo y Monesterio. Desde El Eco de la Sierra intentaremos ahondar lo más posible en la cuestión, y para ello, comenzamos por entrevistar a la arqueóloga que publicó el primero de los estudios: la doctora de la Universidad Autónoma de Madrid Alicia M. Canto, quien publicó, en 1999, un avance de un estudio sobre el origen y el uso que se le daba a aquel lugar, usado desde mucho antes que Felipe II lo descubriera.

¿Qué motivó que se pusiera a investigar acerca de la “Silla de Felipe II”?

Pues primero una observación de sentido común. Vivo cerca, y de siempre iba con mis tres hijas y nuestro perro a pasear por allí; es sano, y a los niños les encanta escalar aquellas peñas. Ya había notado antes que los asientos labrados no eran lo que se dice “regios”, sino pequeños e incómodos, y un día, hará 11 ó 12 años, sentada en ellos, me dije: “Pero ¿cómo podía Felipe II seguir desde aquí las obras del Monasterio, si está tan lejos y rasante?” Entonces empecé a pensar qué otra cosa podría ser. Como hacía poco que había visitado el santuario abulense de Ulaca, y estudiado el de Panóias en Portugal, y otros parecidos, me fijé en la curiosa forma de barca que también tiene “la Silla”, y en si el entorno más inmediato reunía características para poder ser algún lugar sagrado similar a aquéllos, y, en efecto, fui encontrando cantidad de indicios que así lo sugerían: zona fronteriza, abundancia de manantiales, bosque de robles, atracción de rayos por magnetismo férrico en su interior, presencia de setas alucinógenas, leyendas ligadas al lugar…

¿Cómo se desarrolló la investigación?

A esto siguió el correspondiente trabajo de biblioteca, lectura de fuentes antiguas y del siglo XVI, y de estudios posteriores sobre el Monasterio, que tiene un conjunto considerable de bibliografía. Comprobé que nadie había sugerido algo así, y que tampoco existía la famosa referencia a Felipe II, sino que el rey seguía las obras desde Abantos y San Juan, lo que era mucho más lógico. Al mismo tiempo empecé un estudio más amplio de la zona, su carácter de paso montañoso, posición en las líneas fronterizas serranas, etc., encontrando por allí más conjuntos parecidos, como el espectacular “Canto de Castejón”, conocido de antiguo pero poco visitado por estar en una finca privada, y que pude estudiar gracias a la alcaldesa de entonces, Dª Concepción Núnez; no fue posible, sin embargo, acceder a la prometedora finca “La Granjilla”. Poco después localicé otro peñasco similar a la “Silla”, pero aún más antiguo; la localización de éste la mantengo en reserva porque está muy dañado.
Cuando ya tenía todo bastante claro y estudiado, en abril de 1999 presenté la investigación a la prensa; hubo bastante revuelo mediático (con las exageraciones de rigor), y acto seguido en un encuentro de arqueología hispano-alemán, en la Universidad Autónoma, donde la hipótesis fue muy bien recibida. En mayo publiqué un pequeño avance en la revista de mi Universidad (Cantoblanco, nº 7) y en el diario ABC.

Si la “Silla de Felipe” II no era tal, ¿Qué era entonces? ¿Qué uso se le daba?
Pues este tipo de estructuras, es decir, grandes peñascos situados en lugares geográficos relevantes, que se trabajan con una plataforma y una o varias escaleras, y presentan oquedades de distintas formas, solían ser altares a divinidades del lugar.

¿Cómo deberíamos denominarla entonces?

Quizá “Altar antiguo de El Escorial”, aunque creo que ésta sería una batalla perdida. El nombre actual está tan arraigado y extendido que sería imposible pretender darle otro.

¿Cómo llegó a la conclusión del origen vetón de lo que conocemos como Silla de Felipe II?

Porque una de las características de esta zona es su carácter fronterizo antiguo. Está delante de Las Peñotas y del paso hacia el Puerto de la Cruz Verde y la provincia de Ávila y, aunque en este lado de la vertiente de la Sierra, responde a tipologías vetonas; el mejor paralelo próximo es el del altar vetón de Ulaca. Esta parte de la Sierra era ya Carpetania, pero este tipo de ligeros desbordamientos no era raro, y, de hecho, en la Edad Media todo esto pertenecía a Segovia. Por esta zona tenemos tres inscripciones que mencionan una especie de “clanes” familiares: los Elguísmicos, los Aeláricos y los Úlbicos. Estos clanes, si bien hay algunos otros ejemplos en la actual provincia de Madrid, eran más típicos de los vetones; pero, vamos, lo principal sería la tipología del altar.

¿Las escaleras que se pueden apreciar en la roca son originales o han sido creadas a posteriori para facilitar el acceso?

En mi opinión las escaleras son antiguas pero han sufrido en los siglos XIX y XX fuertes trabajos de repicado, y adiciones de escalones, rellenos, etc. para su uso real y turístico, con los que se eliminó la pátina especial que dan los siglos. El granito al volverlo a trabajar queda casi como nuevo, pero he encontrado testimonios gráficos de un aspecto mucho más viejo.

¿Los monolitos que existen a la entrada de la Silla tienen también algo que ver con este altar?


No, esos monolitos son recientes. Lo que sí creo que tiene que ver, y mucho, es la gran piedra caballera que existe junto al altar, que se ve de frente justo cuando uno se sitúa entre esos monolitos. Es algo que había pasado desapercibido hasta que lo señalé, pero de frente tiene el aspecto de una cara feroz, y del lado izquierdo el de una rapaz. Para ambas cosas encontré paralelos en entornos antiguos, y las rapaces son otro de los indicios antiguos del lugar, de lo que queda rastro en el topónimo frontero, “Abantos”. A nosotros no nos dice nada una piedra caballera de este tipo, o que tenga cierto parecido con algo, pero para los antiguos estos fenómenos no eran naturales, sino señales de los dioses. La “cara feroz” que veo en ella la asocio con una inscripción romana “al Gran Marte”, hallada hacia 1861 a muy pocos kilómetros de aquí. En fin, es importante tratar de ver lo antiguo con los ojos de los antiguos, y no desde nuestros presentes niveles de información, porque entonces se pierde uno muchos detalles. El campo en España está lleno de indicios que pasan inadvertidos (¡y quizá sea ésa su mejor protección!).

¿Conocía Felipe II que en este lugar se realizaban ritos a favor de “El Gran Marte”, dios de la guerra?

Pues no me extrañaría; obviamente la inscripción a Mars Magnus, que era el cumplimiento de un voto de un tal Cantaber, no la conoció, pero sí sabía bien de lo “especial” del lugar cuando decidió hacer aquí el mayor panteón que nadie haya hecho a su padre, o sea, el Monasterio mismo. Que además, como sabemos, era también el cumplimiento de otra promesa, en su caso por el éxito de la batalla de San Quintín en 1557, que era también un hecho de guerra. Bueno, al menos me parece una notable casualidad.

¿Existe la posibilidad de que Felipe II no creara la Silla de Felipe II pero si accediera a ella para ver el desarrollo de las obras de su Monasterio?

Desde aquí se puede ver sólo una panorámica general, muy bella, y un sitio así, en el bosque de La Herrería, que era un lugar de caza habitual, claro que lo visitaría, pero no para hacer el seguimiento de las obras, eso sabemos que lo hacía mejor a pico desde San Juan. Otro inconveniente que comenté en su momento es que, dados los calzones tan abombados que se llevaban entonces, el espacio para sentarse debía de resultar muy incómodo. Pero también en este caso la asociación entre la “Silla” y el rey se consolidó para siempre a raíz de un muy premiado cuadro de 1889, de Luis Álvarez Catalá, cuando en 1925 se imprimió en los billetes de 100 pesetas. Por cierto que en este cuadro se puede apreciar un estado de “la Silla” distinto del actual, aunque ya estaba retocada hacía poco, en 1867 (esta fecha está grabada en una parte de la vertiente de la peña).

¿Hay otros vestigios prerromanos en la Sierra que sean dignos de reseñar?

Esta Sierra está muy poco estudiada en comparación con otras, lo que quizá sea mejor, dado el castigo urbanístico que llevamos sufriendo en las últimas tres décadas. Pero se conocen algunos puntos con restos prehistóricos. Acaso el más notable sea, a unos kilómetros, el dolmen o sepulcro megalítico, de corredor, de “Entretérminos”, en Villalba. Es una pena, pues se descubrió y excavó en los años 30 pero fue expoliado de inmediato. Dio, sin embargo, unos vasos cerámicos de los mejores de España, que están en el M.A.N. en Madrid (aunque creo que no todos). Está protegido legalmente, eso sí.

¿Cree que la cima de Abantos puede ser otro lugar de sacrificios?

No, pero sí creo que formaba parte del complejo sacro prerromano y romano. Pues, como dije antes, era un nido de buitres, y las rapaces de este tipo, sobre todo las águilas, eran consideradas aves sagradas. Como se sabe, las águilas eran el símbolo de Júpiter y de Roma, y tuvieron que ver en la fundación de la ciudad, pues los romanos las usaban para la adivinación. Y déjeme decirle que el que, unos kilómetros más allá, se erigiera el Valle de los Caídos, el símbolo de un régimen que dio tanta importancia al águila, aunque fuera la bicéfala alemana de los Habsburgo, no deja de parecerme otra curiosa casualidad. A veces pienso que las selecciones de lugares simbólicos en realidad no son tan casuales.

¿Ha tenido algún tipo de propuesta por parte de las instituciones para seguir investigando o, quizás, hallar el origen definitivo de esta peña?

Pues hubo un tiempo por entonces en el que pensé que el Ayuntamiento tendría interés en promover un estudio más detallado, pero nunca me contactaron. Creo que quizá no les interesaba mucho, por motivos turísticos, alterar la definición y significación del lugar. De todos modos, el estudio lo he hecho igualmente, aunque hubiera convenido una prospección con más medios, puede que alguna excavación. Ya lo llevará adelante alguien más joven en el futuro, cuando tengamos una sociedad más respetuosa con su pasado.

¿Qué opina de las teorías que existen acerca del origen divino de El Escorial y las famosas líneas de fuerzas telúricas que tantas páginas han llenado?

Esto es siempre algo escabroso. Lo de las fuerzas telúricas me parece más fantasioso, y no sabemos si Felipe II pensó que en El Escorial estaba una de las “Siete Puertas del Infierno”, pero sí que este rey era un gran aficionado a temas ocultos y prohibidos, como se sabe por su biblioteca y por su galería pictórica personal. No importa si estas creencias a nosotros en el siglo XXI nos parecen un absurdo o algo en la esfera esotérica, mágica y/o supersticiosa, lo que importa es si los pueblos antiguos, o en este caso, Felipe II, creían en ello, y me parece claro que creían. De hecho, antes de elegir el lugar para construir el gigantesco complejo, el rey envió una comisión de arquitectos, médicos, canteros y “filósofos” para inspeccionar determinados lugares, y entre sus cometidos menos conocidos estaba estudiar los que tenían fama de ser “especiales”. Uno de los desechados, por ejemplo, fue el entorno de los Toros de Guisando, y hemos de suponer que si eligió El Escorial fue porque era el más “especial” de todos los visitados. Es sabido que el arquitecto Juan de Herrera, que formó parte de esa comisión y más tarde sustituyó en las obras a su maestro Juan Bautista de Toledo, además de arquitecto era un afamado cosmógrafo y filósofo, y que tenía una importante biblioteca esotérica, interés que le unía a Felipe II ya desde la juventud de ambos. Hay mucha literatura en la línea “salomonista” al respecto de El Escorial, pero no de ahora, sino ya coetánea (1596), del jesuíta y arquitecto J.B. Villalpando, y es más significativo porque éste era precisamente discípulo de Herrera.

La idea es que es un edificio de tipo “hermético” con múltiples significados, el principal de ellos el ser un baluarte trentino frente a la Reforma o, como dijo Chueca Goitia, “el más cumplido símbolo de un monarca divinizado, rex-sacerdos de una cristiandad amenazada”. En fin, es un tema que nos llevaría muy lejos pero, para resumir, parece que la elección de El Escorial sí tuvo algo que ver con que era un sitio de especiales cualidades “sacras”. Mi hipótesis sobre la posible santidad del lugar ya en época prerromana y romana en realidad viene a ser, como se ve, coincidente con esa idea, hasta en cierto modo hasta la apuntala dándole mucha mayor antigüedad, si bien en el artículo de avance dejé esto como en el aire, ya que otros argumentos más claros los quería reservar para el artículo extenso.

¿Cree que afectan al entorno los desarrollos urbanísticos que se han producido en los últimos años en la zona?

Por desgracia mucho. Tenemos un ejemplo reciente en el extraño incendio del monte de Abantos, seguido del comienzo de construcciones en el lugar. Ahora mismo están amenazadas las zonas de El Campillo-Monesterio (donde se quieren embutir siete mil viviendas) y La Granjilla, que debían de estar especialmente protegidas por la Comunidad de Madrid y no lo están. Hay que apoyar con fuerza movimientos como los de Camelot Escorial o la vecinal Alana, que están luchando judicialmente y un poco en solitario en la defensa del entorno histórico, arqueológico y ambiental de El Escorial. En definitiva se cumpliría así un deseo del propio Felipe II, unas frases de 1582 que figuran en una placa de bronce fijada en la “Silla”: “Una cosa deseo ver acabada de tratar, y es lo que toca a la conservación de los montes y aumento de ellos, que es mucho menester y creo que andan muy al cabo*. Temo que los que viniesen después de nosotros han de tener mucha queja de que se los dejemos consumidos y plegue a Dios que no lo veamos en nuestros días“. Eso no pasó entonces, pero está pasando desde hace unos años y puede ir a más si no andamos más espabilados.

¿Se debería seguir investigando acerca de la Silla de Felipe II por si se pudieran encontrar hallazgos en sus inmediaciones? ¿Cree que aún quedan cosas por descubrir en este entorno?

Siempre vale la pena estudiar todos los restos de la Antigüedad, y sí creo que un estudio más detenido de esta área, más ampliamente considerada, podría conducir a nuevos descubrimientos. El problema es que en España la arqueología choca frecuentemente con otros intereses menos elevados, y casi siempre sale perdiendo. Todos los días oímos de casos de destrucción de restos arqueológicos. Recuérdese el escandaloso mal ejemplo de “Cercadilla”, antes de 1992, donde tres administraciones construyeron la estación del AVE de Córdoba aunque para ello se llevaran por delante la mayor parte de un impresionante complejo imperial tardorromano. En este aspecto no suele haber la suficiente sensibilidad ni decisión por parte de los políticos, que al final son los que tienen “la sartén por el mango”; muchos nos limitamos a quemarnos tratando de sacarla del fuego. Muy adecuado, por cierto, hablando de San Lorenzo.

Alicia Canto es autora de La «Silla de Felipe II» en El Escorial: un mito que se renueva”, en Revista de Cantoblanco, UAM (mayo de 1999): Y de “Sobre la supuesta «Silla de Felipe II» en El Escorial (Madrid)” (mayo de 2005).

Créditos: el eco de la sierra, José Luis Santos Fernández, Alicia Cantó, Jiménez Guijarro, terrae antiquae, celtiberia net, Nacho G. Hontoria | Revista El Eco de la Sierra, nº 4, 2 de diciembre de 2008,

Publicado 1 febrero, 2011 por Andrés Magaña García en Sin categoría

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