1/3 MEMORIAS DEL GUADARRAMA – INTRODUCCIÓN A LA TERCERA EDICIÓN DE UN LIBRO ESENCIAL PARA COMPRENDER LA GESTIÓN MEDIOAMBIENTAL   Leave a comment

DIEZ AÑOS DEL PROCESO DE DECLARACIÓN DE UN PARQUE NACIONAL EN EL GUADARRAMA – 1/3

La sierra de Guadarrama, a pesar de no poder competir en altura y magnificencia con otras montañas ibéricas, constituye quizá el conjunto de cumbres más cargadas de trascendencia y significados entre las muchas que accidentan la geografía española. Verdadero hito geográfico que cierra en tonos azulados los dilatados horizontes de las dos Castillas, se puede decir que esta pequeña cadena montañosa situada en el centro geográfico peninsular representa también un importante hito cultural en el que podemos reconocer, como en una nítida radiografía, los más ocultos recovecos de la génesis histórica de nuestro país. No en vano, la literatura, la historia, las ciencias, las artes y el pensamiento han encontrado en su entorno físico, en sus paisajes y en su biodiversidad un adecuado caldo de cultivo sin el cual la evolución histórica y cultural de España no hubiera sido la misma. A través de sus puertos cruzaron todos los ejércitos que invadieron la península a lo largo de la historia. Sus cumbres, valles y laderas fueron el aula y el laboratorio en los que nació y se desarrolló el cultivo de las ciencias naturales en nuestro país y en donde comenzó a formarse el embrión de nuestra moderna conciencia ambiental. Sus paisajes inspiraron algunas de las más célebres plumas de la literatura universal, hicieron surgir nuevas corrientes artísticas y pedagógicas e incluso llegaron a ser elegidos como símbolo político y espiritual de algunas ideas del regeneracionismo durante los años de la Restauración, que significaron un poderoso revulsivo en el proceso de modernización de España.

Las montañas del Guadarrama se mantuvieron apartadas durante siglos en un mundo aldeano y pastoril vinculado a las antiguas tierras medievales de Segovia, hasta que se consumó su largo proceso de dependencia de la ciudad de Madrid, iniciado por la afición de los reyes a refugiarse en ellas huyendo de los ardientes veranos de la meseta. Y es por esta especial relación por lo que la hoy gran urbe madrileña debe tanto a la vecina sierra, una deuda que se concreta no sólo en su fundación como primitiva fortaleza que guardaba el paso de los puertos durante los tiempos del emirato de Córdoba, sino también en su misma condición de corte y capital del reino, decidida por Felipe II, entre otros motivos, por la salubridad de su clima y la abundancia y pureza de sus aguas, dones ambos recibidos de las cercanas cumbres. Madrid, a cambio, acabó por dar al Guadarrama ese carácter y renombre universal que hoy vemos reflejado tanto en los relatos y descripciones de los innumerables viajeros extranjeros de todas las épocas que atravesaban sus alturas camino de la corte española, como en la gran aventura cultural que supuso su descubrimiento científico, intelectual y deportivo a lo largo de los siglos XVIII, XIX y principios del XX.

Pero al final, aquella relación armoniosa y equitativa de mutuo intercambio entre la ciudad y la sierra acabó por alterarse por completo y hoy día la gran urbe arrolladora toma mucho más de lo que da, incapaz todavía de valorar en su justa medida el gran patrimonio que está dilapidando poco a poco frente a sus insaciables demandas de crecimiento urbano, ocio y nuevas infraestructuras.

Estas Memorias del Guadarrama nacieron hace ya más de una década de las impresiones evocadas a su autor durante muchos años por unos paisajes en los que las huellas de su historia grande o pequeña no han sido aún borradas del todo por el olvido o por la tan a menudo irresponsable acción del hombre. En sus páginas se pretende destacar el cúmulo de valores que guarda todavía este relevante espacio tan peligrosamente cercano a la mayor aglomeración urbana del país, y saldar así parte de la deuda que los habitantes de Madrid y Segovia tenemos contraída con el Guadarrama recordando el importantísimo papel desempeñado por las cercanas montañas en la formación de nuestra identidad histórica y cultural. Unos valores ―hoy diríamos «intangibles»― tales como el valioso y todavía poco conocido legado de su antigua toponimia, su pasado carácter fronterizo que tanto influyó en los caminos y comunicaciones de la Castilla medieval, y la memoria histórica de las gentes de la sierra, cuyos desaparecidos oficios y modo de vida dependieron de estos montes durante generaciones.

Hoy día, cuando el término «ecología» ha desbordado impetuosamente su ámbito científico para referirse a un movimiento político de alcance mundial y a un auténtico modo de vida, también hay que recordar a aquellos precursores del conservacionismo español que hace ya más de dos siglos iniciaban los estudios de las ciencias naturales reconociendo por vez primera aquellas cumbres y bosques tan próximos y a la vez tan desconocidos. Igualmente se intenta evocar la labor de los pedagogos, artistas, escritores y algunos de los primeros deportistas, cuya sensibilidad ante aquellos paisajes nuevos y sorprendentes que iban descubriendo les era facilitada por su gran cultura y por una capacidad de recogimiento ante la naturaleza que hoy hemos perdido, y que no podemos menos que comparar con la casi general actitud de esparcimiento de los miles de aficionados a la montaña a los que la «hazaña» deportiva o la «aventura» preparada impiden muchas veces disfrutar del sosegado placer de la contemplación y de la estimulante sensación de las limitaciones del propio esfuerzo. Por último, la segunda parte del libro está dedicada a resaltar la trascendencia particular de cada uno de los más significativos parajes de la sierra.

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Uno de los más destacados naturalistas que centraron sus estudios en el Guadarrama, el entomólogo Ignacio Bolívar, junto a sus nietos y su colega francés Rene Oberthur capturando insectos en Peñalara hacia 1934 (Archivo MNCN-CSIC)

 

En los últimos tiempos la sierra de Guadarrama ha venido cobrando un creciente protagonismo en los medios de comunicación a causa del polémico e interminable proceso de declaración de una parte de su territorio como parque nacional, un viejo proyecto hoy recuperado que cuenta ya con casi un siglo de edad a sus espaldas. Cuando en abril de 2001 el gobierno de la Comunidad de Madrid, presidido entonces por Alberto Ruiz Gallardón, hizo pública la voluntad política de declarar este espacio protegido justamente entraba en la imprenta la primera edición de este libro, por lo que apenas dio tiempo a incluir en la contraportada un breve comentario sobre esta posible declaración. En esta tercera edición, además de nuevos datos que amplían el contenido de diversos capítulos, se le añade uno nuevo dedicado a las incipientes agresiones sufridas por el Guadarrama a comienzos del siglo XX y a los consecuentes primeros intentos de protección, como la campaña emprendida a partir de 1923 por el diario madrileño El Sol para declarar un parque nacional en su territorio. Creo que con todo ello estas Memorias del Guadarrama ganan en perspectiva histórica y quedan mucho más completas.

Se suele decir que los libros, una vez han sido publicados, adquieren vida propia e independiente de la voluntad y los designios de sus autores. En el caso de éste así ha sido precisamente, lo cual es motivo de gran satisfacción para quien esto escribe ya que en sus casi diez años de andadura y a lo largo de dos ediciones parece que ha llegado al limitado pero escogido sector de lectores al que iba dirigido, adaptándose incluso su contenido para una serie documental televisiva sobre la sierra de Guadarrama rodada hace ya tres años y perdida en algún cajón de la cadena pública madrileña. Sin embargo, en lo que toca a las amenazadas montañas que protagonizan la historia narrada en sus capítulos no hay tantos motivos para sentirse optimista, ya que una década es un intervalo de espera demasiado largo en comparación con los plazos que habitualmente se manejan en los procesos de declaración de otros parques nacionales. En este caso llueve, además, sobre mojado si consideramos los más de ochenta años de olvido que acumulaba el proyecto en los polvorientos trasteros de nuestra burocracia. Poderosos intereses económicos en juego vinculados al urbanismo y al negocio de la construcción, en combinación con una evidente desidia por parte de las administraciones regionales responsables, nos han abocado a esta última década de incertidumbre, en la que se ha pasado del entusiasmo inicial al escepticismo, cuando no al más profundo desencanto.

Créditos: Julio Vías, Memorias del Guadarrama, Edciciones La Librería;  Archivo MNCN-CSIC

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