MIGUEL DE UNAMUNO Y EL ESCORIAL – LA GENERACIÓN DEL 98 EN EL ARCHIVO DE LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA   Leave a comment

Los dibujos de Miguel de Unamuno

Con motivo de unos trabajos en el archivo de la universidad de Salamanca, se han reencontrado varias fotos y más de cuarenta dibujos de Miguel de Unamuno, traspapelados desde que se desmontó la exposición que, en 1964, organizó la institución docente para conmemorar el centenario de su nacimiento.

El hallazgo, informa algún periódico digital, ha coincidido, por azar, con la exhibición en la sala del patio de la Escuelas Menores de un nuevo despliegue de dibujos del antiguo rector salmantino, aunque, en esta ocasión, la fecha alegada es el septuagésimo quinto aniversario de su muerte o desnacer, si echamos mano de una de las voces de su lenguaje particular.

Así que, el domingo, cogí el tren con destino a la ciudad dorada, tan querida por Unamuno, con la intención de ver los dibujos y pasear por sus calles.

Guadarrama aparecía aún recubierta con una espesa nevada. El suelo reverbera dejando limpio, en cambio, el verde de las acículas y hojas de pinos y encinas, salpicados otras veces de nieve aun en su ramaje. En El Escorial, la luz del invierno igualaba la piedra del Monasterio con la que asomaba por entre los helados riscos que circundan la Herrería.

Seguimos rumbo a Ávila, ciudad también celebrada por Unamuno en un hermoso texto titulado Ávila de los Caballeros. Asimismo, en un breve poema canta a la localidad de sonoro nombre celta y latino que atravesamos luego: Peñaranda de Bracamonte.

Miguel de Unamuno dibujó a lápiz y con plumilla a lo largo de toda su vida y logró una cierta gracia y soltura, sobre todo en los caballos, enteros o en bocetos parciales, y retratos de personas de su entorno, tomados, con preferencia, de perfil izquierdo.

En su libro de memorias Recuerdos de niñez y de infancia cuenta que aprendió, desde muy joven, en el estudio del pintor costumbrista Lecuona. El camino —dice- tuvo que procurárselo él mismo, si bien el maestro le “hizo la mano”. En la muestra hay un par de cuadros de escenas campesinas que pintó Unamuno copiando originales de su profesor.

Además de dibujos sueltos trazados en pliegos, cuartillas o notas, ya amarilleados por el tiempo, el escritor bilbaíno completó varios cuadernos.

Cuando estudiaba en el instituto se hizo famoso por las caricaturas de los docentes, y plasmó también a su maestro de primeras letras en el colegio, un viejecito de nariz prominente, con gorro de borla y una larga levita, provisto de una caña a modo de puntero con la que sacudía, si se terciaba, a sus pupilos. El personaje, toscamente delineado, rodeado de los rapaces, infunde, de esta guisa, un cierto miedo.

El temperamento nervioso y fecundo de Unamuno encontraba, quizá, un cierto desahogo y gratificación elaborando estas sencillas composiciones. La figura humana, salvo en alguna escena de café, se encuentra siempre individualizada. A Concha Lizárraga, su mujer, la ilustra, de forma sucesiva, de perfil, derecho e izquierdo, cosiendo.

Procura que los rostros sean neutros y serenos, no obstante, algunos ostentan cierta expresividad, por ejemplo, el del pintor Darío de Regoyos, con un gesto intelectual, y el muy tierno de su hijo Raimundo, cuya enfermedad y muerte temprana tanto atormentaron a su padre.

A veces afloran sus fijaciones y obsesiones más profundas. Vemos a un don Quijote crucificado en una encina, la lanza apoyada en diagonal sobre su brazo derecho, y su fiel Sancho sentado en un banco con aire compungido. Otra cruz tiene unos contornos semihumanos, como si de una metonimia gráfica se tratara.

Entre las representaciones de monumentos salmantinos o castellanos de varios lugares, destaca, por su acabado, el del interior de la catedral de Ciudad Rodrigo, y de los distintos detalles ornamentales, llama la atención que el sobrio Unamuno se haya fijado en los capiteles eróticos de la iglesia románica de Cervatos, afamados por su procacidad. Hay que decir que es de lo menos conseguido de cuanto fijó.

Mucho más airosa resulta su serie, con texto aclaratorio, de viñetas de flamenco que, leídas de derecha a izquierda y de abajo arriba exponen la teoría darwinista en tono jocoso, ya que el flamenco devenido hombre lleva un gorro procedente, por evolución, del pico del ave.

La colección, en fin, bien presentada y agradable de ver, nos ayuda a descifrar la rica personalidad de un escritor excepcional. La completan fotografías de calidad en blanco y negro del homenajeado y su familia.

Créditos: EL IMPARCIAL DIGITAL

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