Se encuentra un Van Dyck expoliado de la Basílica del Real Monasterio del Escorial   Leave a comment

Matías Díaz Padrón. i LA PROVINCIA/DLP

Entrevista con Matías Díaz Padrón

– ¿Cómo se siente usted tras el reconocimiento obtenido por una investigación que comenzó siendo doctorando, en los años setenta? ¿No siente una emoción íntima al ver hoy la obra en la Real Academia de San Fernando en todo su esplendor?

– En realidad yo no soy una persona sentimental, emotiva. Lógicamente me siento bien, satisfecho. Pero a título personal diría que lo importante es que todo esto sea útil, que sirva para algo. La investigación es muy dura y uno sólo tiene tiempo para las alegrías normales. Esto es un trabajo científico, y a veces se tiene la suerte de que alcance al gran público… Todo ello es gracias a los medios de comunicación, puesto que es sabido que la mayoría de nuestros trabajos quedan sórdidos en los centros de investigación.

– Ha dicho usted que tuvo la "osadía" de fijarse en la supuesta "copia antigua de Van Dyck", tal como estaba catalogada. ¿En su campo, ser osado es más valioso que ser perseverante?

– No, no, lo explico. Existían unas atribuciones antiguas. En un primer momento, en el inventario, la obra se confunde con una de Mateo Cerezo en un lote que José I envió a su hermano Napoleón. Fue, claro está, un lapsus de la época, y ello se presta a una confusión que perdura en el tiempo. Pero, afortunadamente, ese lote de pinturas españolas se queda en la Real Academia de San Fernando a consecuencia, sobre todo, del descalabro de Napoleón. Allí, sin conocer la procedencia prestigiosa, se documenta como "copia de Van Dyck", y como tal sigue durante todo el siglo XIX y en el XX en todos los inventarios.

– Y aparece usted para ponerlo en duda…

– Sí, tuve ocasión de ver la obra en 1975 o 1976 y vi que se trataba de un Van Dyck por su calidad, y además localicé, algo que va a ser un factor fundamental, toda la documentación en torno a la pintura. Los papeles establecían que había estado en la Antesacristía de El Escorial y que hasta el mismo Velázquez y el padre Santos la elogian en 1656 y 1657, es decir, dos personas contemporáneas a Van Dyck. La pintura también va a ser citada a través de todo el siglo XVI, XVII y XVIII por parte de todos los viajeros que llegan a España.

– ¿Concluyente?

– La duda mía es por dos cuestiones: primero, que conozco la pintura de Mateo Cerezo, y después que observo que es el estilo y la calidad de Van Dyck, algo que puede establecer el ojo humano acostumbrado a investigar. Y después, en un segundo lugar, está la parte documental, los elementos probatorios, entre los que está quién le regaló la obra a Felipe IV. Un descubrimiento fundamental, una suerte tremenda, un puntal que no siempre está ahí, en ese inmenso maremágnum… Entonces, en estos documentos se recoge que el virrey de Nápoles, el duque de Medina de las Torres, en el inventario de su colección, señala en 1640 a ese Van Dyck como de su propiedad, o sea con el artista prácticamente vivo. Es decir, tengo al noble, al aristócrata, que regala el cuadro al Rey para colgarlo en El Escorial.

– Un juego de casualidades, ¿no?

– Claro, llegar a este grado es bastante difícil… Ya algunos me dicen: ‘Matías, lo único que te falta es que te hable Van Dyck’ (risas).

– ¿Es usted consciente de que puede ser el último de una estirpe de expertos que confía más en el conocimiento que en los métodos químicos?

– No, olvídese de eso (…) Los elementos físico

-químicos no me han determinado para nada. Siempre se dice que España coge las novedades últimas, y tengo que decir que en este país, cuando se funda el Instituto de Restauración, está de director don Graciano Nieto con tres personas más, y una de ellas soy yo. Bien, puede parecer un poco de vanidad, pero lo cierto es que estoy yo presente. ¿Y por qué lo digo? Hago el trabajo de jefe del Departamento de Restauración de Pintura y Escultura, y llegan en aquel momento los elementos químicos, que son introducidos en el Prado en un periodo donde sólo existía una lupa. Quiero decir que todos estos elementos físico-químicos, de los que ahora se habla mucho, están en movimiento en Europa desde 1890. Y estos son una serie de factores que pueden ayudar, que son complementarios, y que pueden auxiliar en la investigación. Pero tengo que decir que los elementos físico-químicos no descubren absolutamente nada, y que sirven bastante menos que la documentación histórica.

– ¿Cómo lo resumiría?

– La poesía no la mide ninguna cinta métrica, y la calidad de un pintor no la mide nadie. Pero ahora es frecuente, y con ello se ha especulado mucho, creerse… Puede ser una ayuda para el que sabe, pero no para el que no sabe…

– ¿Qué le queda por descubrir de Van Dyck?

– Mucho, porque yo tengo una cantidad extraordinaria de obras documentadas en España… Pero claro, todo depende del interés que tenga la sociedad y los medios de comunicación sobre estas cuestiones. Hay cosas que aquí no calan, y por las que revistas especializadas o periódicos extranjeros se interesan mucho.

– La globalización marítima del mundo permitió en el XVI y en el XVII el flujo comercial entre Canarias y Flandes, y la inversión de sus patronos en arte. ¿Imagino qué más de una vez se habrá querido ver a Van Dyck en Canarias, igual que lo está Joos van Cleve con su Tríptico en Agaete?

– No, no hay nada de Van Dyck en el Archipiélago… Pero yo no menosprecio nada de nada. Una vez me mostraron una copia antigua de un cuadro cuyo original se encuentra en el Museo del Prado, y dio la casualidad de que la pintura de la Pinacoteca Nacional estaba cortada… Son cosas que me hacen gracia, pero esta copia antigua me permitió saber que el cuadro del Prado era un principio y cómo era al completo. Son muchos detalles y muchas horas…

– ¿Cómo es la iconografía de ‘La Virgen y el Niño y los pecadores arrepentidos’?

– En la pintura, los pecadores arrepentidos son la Magdalena, y en este caso está el rey David y el tercero es el Hijo Pródigo. Resalto estos aspectos muy concretos porque, aunque parezca mentira, una de las cuestiones más áridas es la identificación. A mí me resultó más fácil identificar a Van Dyck que la iconografía. ¿Por qué? Porque en los textos antiguos y modernos se decía simplemente ‘la Magdalena y dos figuras más’, y me costó mucho darme cuenta de que el santo era el Hijo Pródigo. Hasta este momento la idea dominante era que se trataba del Buen Ladrón. Son asuntos que, aparentemente, parecen baladí, pero que nos llenan de dudas…

– ¿’La Virgen y el Niño y los pecadores arrepentidos’ acaba con el consenso sobre un Van Dyck no tan religioso y más proclive a lo mundano?

– Bueno, la belleza no tiene que estar en contradicción con la religión. Van Dyck es un hombre de una enorme piedad, a pesar del encanto y atractivo de su Magdalena. Es curioso, pero yo encontré en España una copia que tenía el hombro de la Magdalena oculto, claro, fue un repinte por esa especie de moralina. Este cuadro, que yo conocía desde la época de la guerra y del que tenía conocimiento por una fotografía, pues ha aparecido gracias a la divulgación del descubrimiento del Van Dyck y estará en la exposición que vamos a inaugurar sobre él.

– ¿Cuál es el significado en el contexto de la época del rol llamado ‘pecadores arrepentidos’? ¿Hay una lectura específica con Van Dyck?

– Es un tema poco frecuente en España, pero sí lo es en Flandes. Se trata de una tendencia de la Contrarreforma, porque a los protestantes una de las cosas que más antipatía les provocaba era la idea de la Iglesia de permitir la salida del Purgatorio de los pecadores. Y eso es producto de la Contrarreforma española. Es decir, hay que ver desde el punto de vista iconográfico que ese cuadro es producto del sentimiento religioso impulsado por la Contrarreforma, que en nuestro país es potenciada por los jesuitas, a los que conoce muy bien Van Dyck.

Créditos y Agradecimientos: Fotografía, Matías Díaz Padrón; Texto: Javier Durán; La Provincia, Diario de Las Palmas;

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