JUAN BAUTISTA DE TOLEDO, ARQUITECTO Y MAESTRO MAYOR DE LA FÁBRICA DEL MONASTERIO DE EL ESCORIAL (1563-1567)   Leave a comment

La arquitectura española de los siglos XVI y XVII, independientemente de la mayor o menor envergadura de los edificios, muestra claros rasgos tradicionales en lo relativo a las ordenanzas que regulan el ámbito laboral y determinan los trabajos y deberes de la mano de obra.

Como si de una norma inquebrantable se tratara, las fábricas constructivas muestran el mismo escalafón compuesto de maestro mayor, aparejador, maestros de cantería, albañilería, carpintería, oficiales en sus diversas especialidades y peones.

A esta tendencia generalizada tampoco parece escapar el ámbito cortesano impulsor de las Obras Reales emprendidas en esta época. Y si, como se dirá, es en el foco cortesano donde se advierte la presencia de ciertos aspectos innovadores que obran en un sentido moderno de la arquitectura y de los arquitectos, un caso tan paradigmático como el de la fábrica del Monasterio de El Escorial (1562-1586), caracterizado por una serie de elementos novedosos en relación al panorama edilicio contemporáneo:[1] regularidad en el transporte de materiales y de suministros alimentarios para los trabajadores; exenciones fiscales y protección judicial para la mano de obra activa en la edificación; asistencia sanitaria al personal administrativo y laboral de la Fábrica; percepción regular de salarios y jornales, más elevados que los suministrados en el resto de empresas arquitectónicas, etc. Lo cual nos devuelve al cuadro habitual de las edificaciones españolas de este tiempo, dominado por una rigurosa estratificación, por la que maestros, oficiales y peones ejercen funciones puramente mecánicas en la sujeción estricta a las directrices emanadas del Maestro Mayor, Prior y Congregación, aparejadores y sobrestantes, para el cumplimiento de un horario fijo de trabajo y de unas tareas sujetas a plazos de tiempo concretos, así como en el sometimiento a despidos y penalizaciones salariales, etc.

Pero, es que hay razones suficientes para la observancia de esta estratificación pues[2]ningún proyecto tan grande como El Escorial podía permitirse el renunciar a la organización de artesanos, y Felipe II con mucha sensatez, mantuvo la estructura básica organizativa. En realidad, la organización tradicional de un gran proyecto de edificación siguió siendo estratificado en Europa a lo largo del siglo XVII”.

En efecto, la envergadura y complejidad arquitectónica del Monasterio (resultado del programa ideológico y polifuncional ideado por Felipe II) va en paralelo a las crecidas sumas de dinero empleadas en la financiación de la empresa, muy superiores a las aplicadas a otras obras reales contemporáneas: Alcázar de Madrid, Palacio de Aranjuez, Palacio del Pardo, etc.[3]

En este sentido, sólo la presencia continuada de un considerable número de trabajadores y funcionarios -entre 2.000 y 3.000 en los períodos de máxima actividad (1573-1586)- y la existencia de una estructura organizativa de marcado carácter jerárquico, posibilitan la culminación de un vasto programa arquitectónico y decorativo en un escaso período de tiempo: 1563 y 1584, primera y última piedra del Edificio respectivamente; 1586, fecha de la consagración de su Basílica.

En líneas generales, la organización administrativa de la fábrica de El Escorial sitúa en su nivel más alto de autoridad y responsabilidad a las personas del Monarca y del Prior de este monasterio de la Orden Jerónima, en claro hermanamiento del poder real y religioso propio de la época, mientras que un cuerpo intermedio –la Congregación– aglutina en sus diversos departamentos (Contaduría, Veeduría, etc.) el aparato administrativo de la Fábrica que aplica las órdenes emanadas del Rey y Prior relativas a aspectos administrativos, constructivos y sociales. Finalmente, el ámbito constructivo, material, integrado en marcos muy jerarquizados por aparejadores, tenedor de materiales, mayorales de la Carretería (transporte), sobrestantes o capataces, y la mano de obra eventual (maestros oficiales y peones), base de la pirámide organizativa de la Obra gobernada por la figura del Obrero Mayor. Aparte, dependiente sólo del Monarca, se sitúa el Maestro Mayor, cargo desaparecido a partir de 1567.

A pesar de este esquema fijo, hay una serie de circunstancias que determinan en la práctica, como en la obra del Alcázar de Madrid y otras Reales, una estructura organizativa flexible y evolutiva, marcada por la promulgación de sucesivas Instrucciones Generales, en 1563, 1569 y 1572, y Particulares;[4] así, el propio desarrollo constructivo de la Obra; el fallecimiento de Juan Bautista de Toledo, su Maestro Mayor, en 1567; el progresivo perfeccionamiento técnico de la estructura organizativa tendente a la resolución de problemas laborales y económicos; el imparable ascenso del arquitecto Juan de Herrera de la mano de Felipe II como suprema autoridad de ésta y otras Obras Reales al margen del habitual nombramiento administrativo como Maestro de una obra determinada, etc.

Estos y otros factores dificultan sistematizar en un único organigrama la compleja máquina administrativa escurialense. Por el contrario, la idea de sintetizar la pirámide organizativa de la Fábrica en tres momentos distintos correspondientes a la confección de las Instrucciones Generales, tal como proponemos aquí, parece más adecuada a la lógica de un proceso de más de treinta años de duración que presenta cambios importantes -creaciones, fusiones, desapariciones- en lo relativo a los diversos cargos funcionariales y laborales.

ORGANIGRAMAS DE LA FÁBRICA DEL MONASTERIO DEL ESCORIAL

La importancia que guarda la elaboración de este tipo de organigramas no descansa, pues, en valores absolutos, sino la de ser un elemento orientativo y herramienta valiosa a la hora de plantear cualquier investigación en profundidad tanto de las empresas arquitectónicas en general, como de la que ahora nos ocupa, en el contexto más amplio de las Obras Reales españolas de los siglos XVI y XVII.

El cotejo de estos tres esquemas ilustra claramente un importante punto de inflexión en la historia de la arquitectura española: la desaparición del oficio de Maestro Mayor en la dirección de un edificio específico en el ámbito de las construcciones reales auspiciadas por Felipe II para dar paso al surgimiento, en forma y contenido, de la figura de Arquitecto (Arquitecto Real) concretizada en las nociones y funciones plasmadas por Vitrubio y Alberti como profesión separada del contexto material y artesanal de la edificación, y dirigida hacia una actitud científica-liberal y humanística-acorde con el nuevo concepto de Arquitectura, lo que privilegia la labor de traza, de proyecto y diseño racional proporcionado y geométrico respecto a la dimensión constructiva.

Los organigramas 2 y 3, relativos a las Instrucciones Generales de 1569 y 1572 respectivamente muestran, a diferencia del 1 (Instrucción de 1563), la ausencia del cargo de Maestro Mayor al tiempo de la potenciación del oficio de Aparejador –maestros de cantería, albañilería y carpintería- y del creciente protagonismo en la administración y construcción del Prior y de la Congregación, cuya responsabilidad queda consolidada a partir de 1572.

Así, el capítulo primero de la Instrucción General de dicho año determina a la figura del Prior como máxima autoridad de la fábrica y monasterio de El Escorial. Del Prior emanan las más altas responsabilidades en la organización administrativa y laboral: nombramiento de altos cargos (aparejadores); dirección ejecutiva, etc. Así también, se ve fortalecido el poder de la Congregación, ahora delimitado claramente en sus diversas funciones (Contaduría, Veeduría). Por otra parte, resulta interesante el que por estos años -la época del Priorato de Fray Hernando de Ciudad Real (1571-1575)- salga reforzado el elemento religioso frente al civil en la estructura ordenancista de la Fábrica,[5] a pesar de las protestas de Juan de Herrera manifestadas en sus acotaciones a la Instrucción de 1572.[6]

La circunstancia del fallecimiento, el 19 de mayo de 1567, de Juan Bautista de Toledo (Maestro Mayor de las obras de El Escorial, Alcázar de Madrid y del Pardo) deviene en factor estructural, cual es la desaparición de dicho cargo en estas obras; un título hasta entonces plenamente vigente en estos y otros ámbitos del panorama arquitectónico español tradicional, si bien más relacionado con una serie de jerarquías y obligaciones de carácter administrativo y constructivo de una fábrica que con las capacidades teóricas -tracistas- del titulado.

Resulta sintomático que en ningún capítulo de la Instrucción de 1572 de El Escorial se mencione al Maestro Mayor. Pero también, tras la muerte de Toledo, dicho cargo queda vacante en la obra del Alcázar de Madrid:[7] ni Gaspar de Vega, encargado a partir de 1567 de las obras de mantenimiento del Alcázar de Madrid en lo tocante a las trazas; ni Alonso Pimentel en 1573, persona hábil en “cossas de trazas, architetura y escultura”; ni Juan de Valencia “architecto” y discípulo de Toledo, a quien desde 1577 competen las labores administrativas realizadas tradicionalmente en el Alcázar por el Maestro Mayor, llegan a poseer el título de Maestro Mayor.

Por lo que respecta a la obra de El Escorial, podría pensarse, en principio, que la falta de su Maestro Mayor incida en una paralización de la actividad arquitectónica. Por el contrario, los años siguientes al fallecimiento de Juan Bautista observan un notable incremento en el número de contratos y obras realizadas,[8] y esto merced al aumento significativo en los cometidos tradicionales adscritos al oficio de Aparejador que, más allá del gobierno de oficiales y peones o de la elección y distribución de materiales,[9] se extienden al suministro de trazas menores -ejecutivas y no inventivas-, moldes y contramoldes a la mano de obra, y a la elaboración de contratos y condiciones para los diversos destajos.

LOS DESTAJEROS DEL MONASTERIO DEL ESCORIAL

Acerca del protagonismo de los aparejadores, sobre todo los de cantería, el historiador jerónimo Fray José de Sigüenza refiere cómo por los años 1569-1570 la obra de El Escorial iba por cuenta del Rey; digo que no la tenían a su cargo destajeros ningunos, sino dos maestros o aparejadores que se llamaban Tolosa y Escalante; a éstos daba el Rey cierto salario, y ellos daban los modelos para sacar la piedra, recibían los sacadores de ella, y los que la asentaban, y eran el todo del negocio.[10]

Sigüenza no habla aquí de un importante aspecto referido a la organización de los trabajos: la aplicación del sistema de Destajo a todas las partes de la Fábrica, lo cual explica, no sólo el incremento del ritmo constructivo, sino también el que desde 1567 a 1572 las funciones propias de un Maestro Mayor sean asumidas sin problemas por los Aparejadores y la Congregación.

En efecto, el sistema de Destajo, contrario al de Tasación en la determinación a priori de un determinado precio para la obra a realizar (tanto alzado susceptible de bajas por licitación entre los artífices para su adjudicación) y de un plazo de tiempo concreto para su ejecución, implica un ritmo edificatorio más acentuado frente al sistema de Tasación, pues con el Destajo los artífices trabajan bajo el incentivo de un contrato y condiciones -por ejemplo la obligación de sacar, labrar y asentar una cierta cantidad de piedra para una parte concreta de la Obra- en los que han hecho valer sus posturas respecto a un precio fijo, conveniente tanto a ellos como a Aparejadores y Congregación, suministrado mediante sucesivas libranzas a lo largo del proceso ejecutorio. Los destajeros, por tanto, quedan obligados a un precio y tiempo limitados y no, como en el caso de la Tasación, a una mera estima o tanteo por parte del Maestro Mayor de la piedra trabajada, lo que crearía dudas, por ejemplo, en el desconocimiento del tiempo en que los trabajadores podían seguir recibiendo un jornal acorde con las necesidades intrínsecas de la obra (número de oficiales, materiales, herramientas, etc.), determinando en ocasiones que el trabajo de maestros y oficiales no sea proporcional a la cuantía de sus retribuciones. Por el contrario, en el sistema de Destajo cuanto más y más rápido se trabaja aumentan las cantidades de dinero percibidas.

El incentivo económico del Destajo procura un ritmo más acentuado a la edificación, deseo mantenido por Felipe II, su Consejo de Arquitectura, Prior y Congregación en el transcurso de los trabajos.

Al respecto, el debate sostenido entre los partidarios de aplicar uno u otro sistema -Destajo y Tasación- es una de las causas que motivan en 1565 la división ejecutiva de la obra monasterial en dos partes),[11] al tiempo de la de los dos aparejadores de cantería. Así, de un lado, Prior y Vicario del Monasterio con la ayuda del aparejador Pedro de Tolosa se ocupan de la realización del Claustro Principal[12], de los cuatro Claustros Menores, del cuadro de oficinas en el sector noroeste del Monasterio (actual Colegio y Seminario) y del Corredor de Enfermos o Galería de Convalecientes. Por su parte, Juan Bautista de Toledo junto a su aparejador, Lucas de Escalante, se hacen cargo de la Iglesia Principal, la Iglesia de Prestado, las Dependencias Reales (Aposentos de Felipe II), los muros de los Nichos y las ventanas y bóvedas del lienzo del Mediodía y del de Levante.

Igualmente, esta diatriba determina el progresivo apartamiento del Maestro Mayor en el control constructivo y administrativo de la Obra. En este sentido, si la nueva organización de las obras en 1565 obliga en teoría a los aparejadores a acatar las directrices del Prior y del maestro Toledo respectivamente, en la práctica las continuas ausencias del Maestro en la Fábrica y el particular modo de ordenar a su aparejador (oralmente y no por escrito), facilita en el Prior y Vicario intervengan en scetores de la Obra encomendados al Maestro, caso del reparto en 1565 de oficiales y de dinero para las obras del Aposento Real (a cargo de Toledo) y de los Claustros Menores (a cargo del Prior), reparto establecido en una “tercia parte” para Escalante y en las dos restantes para Tolosa como aparejador del Prior).[13]

El problema no sólo estriba en lo desproporcionado del reparto, sino sobre todo en el sistema de trabajo que habría de seguirse en adelante, siendo el Destajo el que en 1567 se aplica a la obra de los Claustros Menores (es decir, cuando Juan Bautista es todavía Maestro Mayor) y el que por extensión será seguido para toda la Obra tras su fallecimiento.

La disposición novena de la Instrucción de 1563[14] dejaba al arbitrio del Prior y del Maestro Mayor qué obras iban a darse a Destajo y cuáles no. En principio, la autoridad de Juan Bautista determina el que los sectores más importantes del Monasterio (Claustro Segundo, Claustro de la Enfermería, Claustro Principal) sean realizados tomando como baremo el jornal de la fuerza de trabajo y el sistema de Tasación, es decir, la no fijación a priori de un determinado precio para las obras, sólo establecido una vez concluidas éstas. Así, conociendo el Maestro la habilidad profesional del oficial encargado (el trabajador más cualificado y no el que más baja hiciera en un precio fijado de antemano -Destajo), las retribuciones percibidas por el artífice se hallarían en función de la bondad de la obra ejecutada.

Al poseer la Tasación las características de justo precio, se muestra como el sistema más adecuado para la calidad de la Obra y el que Juan Bautista intente aplicar,[15] conformándose así un equipo perfecto entre Maestro Mayor y Aparejadores que podría asumir desde la ejecución de las trazas hasta la elección de los artífices, pasando por los tanteos o tasas de las obras, obviándose, por tanto, la intervención de maestros destajeros.

Sin embargo, al carecer la Tasación de un plazo de tiempo concreto para la ejecución y de cualquier incentivo económico para los oficiales ejecutores, dado el desconocimiento del precio total de la obra, este sistema supone de hecho un frenazo para el ritmo constructivo frente a los deseos del Monarca y Prior, y un rechazo al protagonismo de la Congregación en el ámbito constructivo.

Podemos pues entender el que estas diatribas conduzcan al alejamiento progresivo de Juan Bautista de la maestría de El Escorial, así como, tras su fallecimiento, a la desaparición del cargo de Maestro Mayor.

No resulta extraño tampoco que en este punto de la aplicación extensiva del Destajo a toda la Fábrica, los Aparejadores con las obras bien repartidas puedan conjugar, como se dijo, las funciones tradicionales que competen a su oficio con las propias de un Maestro Mayor sin título, tanto desde el punto de vista constructivo -elaboración de trazas ejecutivas, condiciones y tasación de obras-[16] como en el administrativo, pues los destajeros gobernados por los Aparejadores asumen la contratación de sus obras respectivas, actuando como maestros mayores de las cuadrillas de oficiales y peones a su cargo, al tiempo que administradores del salario de sus trabajadores.

El protagonismo de los Aparejadores crece y pronto, en 1568 y 1569, surgen serios problemas respecto a su sometimiento a las directrices de la Congregación, pues los primeros pretenden otorgar los destajos a maestros de su preferencia al revelar a estos el precio total de la obra a realizar antes de su oferta en pública subasta;[17] esto frente a los deseos del Prior y de la Congregación de asumir ellos mismos la facultad de conceder directamente los destajos.[18] De ahí que los aparejadores retrasen o nieguen en diversos momentos la elaboración y entrega a la Congregación de las trazas, condiciones y tasaciones de los destajos que han de repartirse.[19]

Tales desobediencias tratan de ser solventadas en sucesivas Instrucciones, en 1569 y 1572, al tiempo de la delimitación de funciones de un nuevo ámbito organizativo –Veeduría– y, por tanto, de un nuevo cargo administrativo que desde 1572 aparece como miembro de pleno derecho de la Congregación y con igual capacidad decisoria que la adscrita al oficio de Contador.

En efecto, la ausencia de un Maestro Mayor y la necesidad de una persona que vele por el ritmo constructivo y gobierne a los Aparejadores da como consecuencia la creación del oficio de Veedor, en principio -1570 a 1572-adscrito a la Contaduría y desempeñado por el propio Contador Andrés de Almaguer; más tarde, con García de Brizuela, ya totalmente autónomo con competencias reguladas por la Instrucción de 1572:[20]El oficio de veedor y proveedor parece que es tener cuenta con ver cómo se trabaja en la fábrica y cómo andan y asisten los aparejadores y sobrestantes y mayorales de la carretería(…)y hacer maherir carretas y bestias y oficiales y peones(…) y los que no asistieren en la Fábrica, así como aparejadores y sobrestantes, apartarlos como les pareciere; y asistir en la Congregación, y tener cuenta con hacer proveer los materiales(…) y dar recaudo a los destajeros (…)”. Poco tiempo después, un memorial suscrito por el propio Felipe II fija definitivamente para el cargo de Veedor el gobierno de Aparejadores y Superintendentes incluso en ausencia del Prior y del Vicario.[21]

Estas y otras consideraciones permiten observar hasta qué punto las necesidades administrativas y constructivas de la Fábrica en este período se hallan cubiertas sin la asistencia de un Maestro Mayor; situación que culmina con la Cédula Real de 14 de septiembre de 1577[22] por la que Juan de Herrera ve incrementado su salario de arquitecto hasta un total de 800 ducados con cargo y obligación que nos haya de servir y sirva en todo lo tocante a las dichas obras y arquitectura, y lo demás anejo y dependiente de su profesión, 400 de ellos librados en el Pagador de las obras del Alcázar de Madrid y de la Casa Real del Pardo, los 400 ducados restantes en el Pagador de El Escorial, sin que se determine la adscripción de Herrera como Maestro Mayor para ninguna de estas obras, pero sí, por el contrario, en su calidad de arquitecto.

Aquí se consuma, pues, la definitiva separación del Arquitecto respecto al ámbito artesanal constructivo; o bien, también podría decirse: en la persona de Juan de Herrera se da forma y contenido al cargo de Arquitecto, aspecto que ya venía conformándose desde el 14 de marzo de 1567[23] cuando, dos meses después de la muerte de Juan Bautista, Herrera, que desde algún tiempo atrás venía sirviendo como ayudante de Toledo en la confección de las trazas monasteriales, ve incrementado su salario anual hasta los 250 ducados anuales con la obligación que “haya de servir y sirva en todo lo que Nos y nuestros ministros le fuere ordenado y mandado dependiente de su profesión y haya de residir donde se le mandare y acudir y salir adonde y a las partes que menester fuere” (texto en el margen de dicha Cédula).

Puede, pues, plantearse aquí un último punto de interés: el ámbito puramente proyectivo del Monasterio, justificativo de alguna forma, junto a los aspectos administrativos y constructivos ya tratados, del desdibujamiento de la figura del Maestro Mayor en El Escorial.

En este sentido, resulta fundamental la peculiar posición asumida por Juan Bautista de Toledo en el contexto de las Obras Reales: por una parte, “arquitecto real” desde 1559,[24] cargo hasta entonces inexistente en la práctica de la arquitectura española de la época, de carácter vitalicio y con competencias prioritarias en la realización de trazas y modelos, pero sin adscripción ejecutiva a ninguna obra en concreto, de las cuales siguen siendo responsables los Maestros Mayores correspondientes -Alonso de Covarrubias del Alcázar de Toledo; Luis de Vega del Alcázar de Madrid, del Pardo y Aranjuez; su sobrino Gaspar de Vega del Palacio de Valsaín.

Por otra parte, desde 1562, Juan Bautista es Maestro Mayor del Alcázar de Madrid y del Monasterio de El Escorial. Este carácter bifronte determina en la práctica una clara prioridad en lo relativo a la labor de tracista de dichas obras y, por ende, una dejación en los aspectos jurisdiccionales, administrativos, económicos de las mismas. Estos quedan cubiertos en El Escorial, de acuerdo con la opinión de Felipe II, con el nombramiento de dos Aparejadores enteramente sujetos a Juan Bautista y encargados de suplir su presencia como Maestro Mayor de la Obra, imposibilitado Toledo, como está, de una asistencia continua en la misma por su entera dedicación a la traza y modelo del Monasterio.

Así también, el salario estipulado para Toledo -500 ducados anuales-elimina lógicamente el jornal diario que, por el contrario, venían percibiendo tradicionalmente los Maestros Mayores debido a su actividad a pie de obra.

En efecto, la posición tradicional de Juan Bautista, tanto desde el punto de vista proyectual, como del ejecutivo y administrativo, se halla lejos de las competencias tradicionales de los Maestros Mayores desarrolladas en España a finales del siglo XV, durante todo el XVI y parte del XVII.[25]

Responsable de la asistencia y seguimiento diario de los trabajadores y sus labores; obligado a tasaciones y mediciones de las obras, a la confección de trazas puntuales de las diferentes partes de la obra a medida que ésta va avanzando, el Maestro Mayor de Obra tradicional contrata su ejecución independientemente de la que hubiera trazado o no, no pudiendo hacer ausencia de ella so pena de ver descontandos los días de falta del jornal diario que percibe y que lo ata a una actividad diaria a pie de obra. Todo esto va en paralelo a la aplicación para la mano de obra de un sistema jurídico de arrendamiento de servicios o sistema medieval de Maestría por el que un artífice -maestro u oficial- presta su trabajo por un jornal sin obligarse a dar hecha obra alguna).[26]

En este punto, y aunque en la primera fase de la Fábrica de El Escorial (1562-1567) presidida por Juan Bautista el grueso de la mano de obra observe el sistema de arrendamiento de servicios para trabajos básicos de búsqueda, acondicionamiento y saca de piedra de las canteras, corte de madera en dehesas cercanas al sitio monasterial, construcción de hornos de cal y ladrillo, apertura de cimientos, etc., para las partes más importantes de la edificación. Toledo, como se dijo, intenta implantar el sistema de Tasación: la no determinación de un tanto alzado para la obra y, como base, el jornal de la fuerza de trabajo. Sistema este de Tasación que, como el de Destajo, ya pertenece plenamente a un sistema contractual moderno.

No obstante, conviene observar que el paso de un estricto sistema de Maestría a un sistema intermedio que combina el primero con una organización arquitectónica basada en la relación contractual surge ya de forma aislada[27] en España en el primer tercio del siglo XVI, siendo significativamente asumida tal combinación en el ámbito de las Obras Reales de los Alcázares de Sevilla, Toledo y Madrid.[28]

En efecto, cuando en 1537 Carlos V designa como Maestros Mayores de estas obras a Alonso de Covarrubias y Luis de Vega, estos perciben un salario anual de 25.000 maravedíes además de cuatro reales diarios de jornal. Pero lo que aparentemente puede ser contemplado como un claro sistema de Maestría queda en entredicho por la presencia aquí de varios factores anómalos. En primer lugar, no se encomienda a un sólo Maestro una obra determinada, sino tres fábricas a dos diferentes, y con la obligación de residir en ellas tan sólo seis meses por tener cargo de mirar y trazar y hacer las obras. Nada, pues, que se refiera al gobierno de la mano de obra, pero abriéndose también un período de seis meses en el que los maestros tiene libertad para contratar sus propias obras (maestrías), al tiempo de su conversión en arquitectos de plantilla, engrosando, pues, el funcionariado cortesano.

La libertad del Tracista respecto al ámbito artesanal, su separación de la ejecución material que aquí se prenuncia queda confirmada por el hecho de que ni Covarrubias ni Vega contratan las obras de las que se hacen responsables. Responsabilidad que va más del lado de la elaboración de trazas y diseños que de la ordenación material y ejecución de los edificios, correspondiendo esto último a maestros, contratista y destajeros.

La aplicación del sistema moderno contractual en estas obras arquitectónicas es, pues, simultánea a la progresiva valoración de los Maestros Mayores por su destreza en la confección de trazas y diseños.

En adelante, la formación intelectual del Maestro -Tracista- geometría, matemáticas, dibujo -será un aspecto a tener en cuenta para su elección como arquitecto- funcionario de la Corte. Los maestros de las Obras Reales del primer tercio del siglo XVI comienzan a adquirir un papel más en consonancia con las avanzadas ideas propugnadas por arquitectos italianos y franceses como Alberti o Delorme; ideas que llegan un tanto tardíamente a España de la mano del patronazgo cortesano, en concreto de Felipe II, verdadero impulsor de un moderno sistema de organización de las obras.[29]

La posición de Juan Bautista de Toledo como Maestro Mayor de El Escorial y la propia organización arquitectónica del Edificio se apoya en esta serie de antecedentes de la primera mitad del siglo XVI.

En relación al tipo de trazas confeccionadas por los Maestros de Obras tradicionales,[30] corresponde generalmente a una concepción no universal que venga a marcar la totalidad de la obra a construir, sino a pequeños diseños a escala -planos someros y particulares- utilizados a modo de guías para aparejadores y oficiales que ofrecen una idea demasiado general respecto a las medidas y a la forma.

Este proceder dista mucho del modo de trazar propio de los arquitectos italianos de los siglos XV y XVI[31] quienes, para la elaboración de un proyecto, comienzan con el diseño de una traza general del edificio para determinar los aspectos geométricos y proporcionales abstractos de la planta, y luego, en una etapa posterior, asignar ciertas salas y zonas a funciones concretas. El debate en la elección de uno u otros procedimiento se plantea ya en 1528, con ocasión de la realización del diseño de Hurtado y Pedro Machuca para el Palacio de Carlos V de La Alhambra de Granada donde, el pragmatismo del Emperador se aplica más a la distribución, al ordenamiento del Edificio en la situación y destino concretos de sus diversas dependencias –“utilitas”-, que al planteamiento de un diseño universal –“dispositio”.

LA TRAZA UNIVERSAL DE JUAN BAUTISTA DE TOLEDO

Años más tarde vuelve a plantearse este debate en la construcción de El Escorial, sólo que con protagonistas diferentes. La traza general, universal, concebida por Juan Bautista de Toledo en 1562 -un cuadrilátero básico dividido bajo criterios axiales en tres partes:[32] la del medio destinada a templo y entrada principal; el lado sur dividido en cinco claustros, uno grande y cuatro pequeños; el lado norte también compartimentado en patios-representa un proyecto renacentista de procedencia italiana que participa, sin duda, del predominio de la “dispositio”, de la proporción, orden y simetría de las partes con el conjunto; sobre la “utilitas” u ordenación utilitaria del Edificio en sus diferentes aposentos, cuya concreción corresponde a Felipe II, al Prior, Vicario y a la Congregación.

Ha sido analizado suficientemente por muchos autores[33] el proceso por el cual, de un lado, la planta o cuadro ideado por Juan Bautista de Toledo para El Escorial no llega a ser alterado respetándose hasta el final, mientras que la montea o levantamiento, elevación o corte de la Obra va transformándose por diversas circunstancias, por ejemplo, la decisión de duplicar en 1564 de cincuenta a cien el número de monjes o la distribución y destino de las estancias a medida que se plantean nuevas necesidades.

Tales transformaciones ejemplifican el grado de distanciamiento del Maestro Mayor Toledo respecto de la ejecución material de la Obra; distanciamiento, es cierto, muchas veces propiciado, por ejemplo, por la peculiar situación de Juan Bautista, enteramente dependiente del Monarca, pero enfrentado al tiempo a una organización en la que Prior, Vicario y Contador desempeñan un papel esencial en la conformación del Monasterio, lo que se manifiesta en continuos enfrentamientos entre ambas partes.

Al respecto, es significativa la crítica realizada en 1564 por el Prior Fray Juan de Huete al proyecto de Juan Bautista relativo a los Claustros Menores:[34]a lo que yo entiendo ella (la obra) va tan falta de aposentos que muchas casas de nuestra orden, y aun de las que no son muy principales, le harán ventaja porque ver ahora los claustricos que ya como van subiendo las paredes se va mostrando la forma de ellos, son tan pequeña cosa que no son nada, ni tienen autoridad ninguna consigo”.

Hay más documentos de este talante y carácter. En esto no vamos a entrar aquí, pero todos apuntan a que el modo de trazar de Juan Bautista, acorde con los principios renacentistas de dar énfasis a la “dispositio”, posibilitan en la práctica no sólo la reordenación del Edificio, sino que también se determina como una de las causas del establecimiento de la figura moderna del Arquitecto separado del contexto artesanal, y de la nueva Arquitectura basada en una concepción racional y objetiva de la traza.

Muchos aspectos y matices se nos escapan aquí. Así, la propia posición de Felipe II, de mentalidad minuciosa y perfeccionista, que resulta un tanto ambigüa respecto al problema del Maestro y del Arquitecto; en ocasiones, favorable a que Juan Bautista se libere del ámbito ejecutivo, impidiéndole la contrata de la Obra y reservándole para tracista; en otras, instando a su Maestro a la ejecución de monteas, a la concreción en el empleo de materiales, etc.[35] Opinión cambiante la del Monarca, en función también de las presiones de su Consejo de Arquitectura, del Prior y del Contador.

Asimismo, resulta imposible concretar aquí los motivos intrínsecos por los que Juan de Herrera nunca llega a actuar como Maestro Mayor de la Fábrica de El Escorial. ¿Quizá, como apunta Wilkinson,[36] debido a su formación práctica en la dimensión constructiva, a pie de obra y, por tanto, a un aprendizaje y aplicación teóricas en lo arquitectónico?

A pesar de ello, Herrera está familiarizado y conoce a la perfección las trazas y modelos monasteriales, habiendo ayudado a Juan Bautista de Toledo en este aspecto en colaboración con Juan de Valencia. Por otra parte, Herrera se halla dotado de una alta capacidad organizativa y administrativa, como prueban las acotaciones por él realizadas a los capítulos de la Instrucción General de 1572[37] o la conducción de la edificación de la iglesia principal de El Escorial.[38]

Sigue siendo uno de los puntos más oscuros la actividad de Juan de Herrera como tracista en El Escorial. El propio arquitecto en su conocido Memorial de 1584[39] no alude a una contribución proyectiva concreta y continuada en la Fábrica, excepto por lo que se refiere al diseño de las cubiertas. Sigüenza refiere las modificaciones llevadas a cabo por Herrera y el Obrero Mayor Fray Antonio de Villacastín en la Obra, si bien no identifica la naturaleza de las alteraciones.[40] Portabales elimina radicalmente las intervenciones de Herrera en la Obra, mientras que Rubio prueba que a la muerte de Juan Bautista buena parte de las trazas del Monasterio (Iglesia) no habían sido resueltas o por lo menos no concretizadas las diversas dependencias.[41]

Sea como fuere, y aun manteniendo la opinión de Bury, basada en datos aportados por Wilkinson,[42] de aceptar las atribuciones hechas a Juan de Herrera por Sigüenza y de la necesidad de tomar una actitud cautelosa respecto a un posible estudio de la intervención herreriana en El Escorial, lo que sí parece claro es la contribución de Herrera a la ordenación y ejecución del Monasterio hasta su finalización. Partiendo y respetando la traza universal de Juan Bautista de Toledo,[43] Herrera introduce el sentido de la utilitas, es decir, la ordenación concreta del Edificio en sus distintas dependencias; un carácter planificador ausente en las trazas y modelos de Juan Bautista de Toledo.

Podemos concluir con el comentario del artífice coetáneo a los hecho Juan de Arfe, muy revelador en este sentido:[44]Murió Juan Bautista, con el tiempo que se comenzaban a subir las monteas de este famoso edificio, y causó su muerte mucha tristeza y confusión, por la desconfianza que se tenía de hallar otro hombre tal, más luego sucedió en su lugar Juan de Herrera(…) en quien se halló un ingenio tan pronto que, tomando el modelo que Juan Bautista había quedado, comenzó a proseguir, y levantar toda esta fábrica con gran prosperidad, añadiendo cosas al servicio de los moradores necesarias que no pueden concebirse hasta que la necesidad las enseña (…)”.


[1] Cano de Gardoqui 2004, pp. 935-937

[2] Wilkinson 1984, p. 132

[3] Cano de Gardoqui, 2002, pp. 123-174

[4] Zarco 1916-1917

[5] AGS CySR. 258, f.96, 108

[6] Cervera 1986, p.47

[7] Barbeito 1992, p. 232-234

[8] Kubler 1982, pp.199-205 y Cano de Gardoqui 1993, pp. 399 y ss.

[9] Cervera 1985, p. 47

[10] Kubler 1982, p. 105; ABE Carp. II, legs. 39 y 40)

[11] (Cervera, 1986, p. 37; Cano de Gardoqui, 1993, pp. 30-31; Bustamante, 1994, p. 101 y ss.

[12] Por esta época, del Claustro Principal no existía aún traza, dejando su ejecución abierta a la posible designación directa de un maestro por parte del Monarca. Tal designación, sin embargo, no se llevó a efecto y en 1569 las primeras obras correspondientes al tramo de la banda occidental del Claustro, dividido en dos partidas-diez arcadas con sus bóvedas-salieron en pública subasta con trazas y condiciones de los aparejadores Tolosa y Escalante para ser encomendadas al maestro destajero que más baja hiciera en el precio fijado.

[13] AGS CySR. 260 f. 447

[14] Cano de Gardoqui 1993, p. 29

[15] AGS CySR. 261 f.4 y 258 f. 296

[16] AGS CySR. 260 f. 600

[17] AGS CySR. 258, f. 193 y Kubler 1992, p. 60

[18] AGS CySR. 260 f. 112

[19] Esta información era vital para que la Congregación conociera en qué precios-posturas y bajas-y cuándo convenía ser rematada una obra, pues el tanteo y tasa de un destajo engloba tanto el coste del mismo como el valor y calidad del material que ha de ser utilizado, para lo cual los aparejadores solían elaborar un memorial apoyado a su vez en los informes suministrados por los funcionarios estantes en los lugares de procedencia de los materiales.

[20] Cano de Gardoqui 1994, p.?

[21] ABE Carp. III l. 58

[22] Llaguno 1829, vol. II, pp. 269-270

[23] Iñiguez 1948, p. 159

[24] Barbeito 1992, p. 226 y Bustamante, 1994, pp. 17-18

[25] Marías 1983, vol. I, pp. 77-78

[26] Cano de Gardoqui 1993, p. 28

[27] Hoag 1985, p. 45

[28] Llaguno 1829, vol. I, p. 304 y vol. II, pp. 166-168

[29] Bustamante 1976, pp. 227-250 y Marías 1983, vol. I, pp. 72 y ss.

[30] Hoag 1985, p. 45

[31] Rosenthal 1988, p. 26

[32] Sigüenza, 1963, 30-31; Checa, 1992, p. 205; Bustamante, 1994, p. 31

[33] Checa, 1992; Cano de Gardoqui, 1994; Bustamante, 1994

[34] Bustamante 1994, p. 69

[35] Portabales 1945, p. XXII. AGS CySR. 259 f. 155 y 260 fs. 494 y 503

[36] Wilkinson, 1984, p. 134

[37] Cervera 1985, pp. 46-49

[38] Cano de Gardoqui, 1993, pp 38-39

[39] Llaguno, 1829, vol. II, pp. 332 y ss. Rivera, 1986, p. 74

[40] Bury, 1986, p. 332

[41] Rubio, 1964, pp. 11-70

[42] Wilkinson 1976

[43] Rubio, 1949, pp. 157-215

[44] Iñiguez, 1965, p. pp. 48-49

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Créditos: José Luis Cano de Gardoqui García, Uninversidad de Valladolid, Departamento de Historia del Arte.

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